01 junio 2008

Algún recuerdo.


De niño, mi vida transcurrió unos pocos de años en el mismo lugar en que nací hasta que nos desplazamos a la ciudad. Las imágenes que por mis ojos
pasaban en aquellos momentos no diferían de las que se pueden contemplar ahora. Allí casi todo sigue igual, al contrario de los cambios tan exagerados que se han ido produciendo en otros lugares. Recuerdo que mis inocentes ojos de niño escrutaban el horizonte, desconocido, interrogante y a la vez enigmático. Mi vida se limitaba al pueblo y alrededores. Allá al fondo, donde las montañas y las nubes se juntaban, parecía como si la tierra terminara y se abriera un abismo por el que se despeñaría cualquier arriesgado que osara asomarse y dar un fatídico y último paso; a buen seguro que acabaría en los infiernos. Supongo que el pensamiento estaría acorde con las enseñanzas que desde el púlpito de la iglesia se nos transmitía: el miedo al fuego infernal.


Recuerdo el ganado. Teníamos una joven vaca que embestía y, como la tenía mucho miedo, cada vez que la veía aparecer salía corriendo como si me persiguiera la peor de las fieras. También las labores del campo que llevaban a cabo mis padres y que hacía que en los meses de verano el trabajo en los prados, segando y recogiendo la hierba que serviría para mantener alimentado el ganado en los duros y largos meses invernales, suponía un importante ajetreo por parte de todos los vecinos del pueblo en contraste con la tranquilidad del invierno que durante largas temporadas todo era quietud, motivado, sobre todo, por la blanca y gruesa capa de nieve que cubría montes, tejados y caminos que impedía llevar a cabo cualquier tipo de actividad. Había temporadas en que era tal la altura que alcanzaba la nieve que no quedaba más remedio que salir de las casas por los balcones porque las puertas quedaban sepultadas. En aquellos casos se abrían sendas, con palas de mano, que permitía una mínima movilidad de los vecinos entre las distintas casas. Durante estos períodos, el trabajo de los adultos se limitaba prácticamente a alimentar el ganado que permanecía en las cuadras hasta que la nieve comenzara a retirarse, permitiendo entonces que pastaran en el exterior.
Otro de los pocos recuerdos que me quedan de aquellos tiempos, era la llegada de los Reyes Magos el día 6 de enero de cada año. No eran tiempos de bonanzas por lo que los medios económicos de que disponían las familias se dedicaban, casi por entero, a satisfacer las necesidades primarias, el resto quedaba en el olvido. Por eso, por esa falta de medios y también por la ausencia de lugares donde comprar algún sencillo juguete, mis reyes, al igual que supongo del resto de los demás niños, se limitaban sobre todo a unas onzas de rico y preciado chocolate y aunque sabías lo que te ibas a encontrar dentro de la zapatilla, no por ello la sonrisa dejaba de estar presente en nuestra cara ni la sorpresa en el gesto cuando descubrías el sabroso contenido del envoltorio.

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