13 octubre 2008



Hace unos días se han posado, tenue y suavemente, las primeras nieves sobre las montañas. Aún no han llegado a alcanzar las casas del pueblo, es posible que lo consigan en el siguiente intento y para entonces el frío, ausente hasta ahora, a buen seguro que hará su aparición.
La llegada de las nieves representa sentimientos opuestos. Por un lado, cuando levantas los ojos y miras a lo lejos, la belleza que produce el contraste del blanco manto sobre el diferente colorido de la desnuda montaña a la vez que sobre las ya tostadas hojas de hayas y robles. Por otro, el que durante unos pocos meses que se hacen eternos, no es muy aconsejable dejarse caer el fin de semana por la zona. Cuando menos lo esperas, puedes amanecer con una buena capa de nieve sobre los campos. Ello supondría aislamiento, que aunque fuese momentáneo sería bienvenido si no se tuviera, como obligación primera, que regresar al quehacer diario del ganarse el pan con el sudor de la frente cada primer día de la semana. Y eso no admite discusión.
Para los que continúan viviendo en el Valle, este período, al igual que antaño, continúa siendo tedioso y monótono por las escasas obligaciones laborales que acompañan el momento. La mayor parte del tiempo se consume, sentado “al pie de la lumbre” para mantener caliente el cuerpo y también, porqué no, un poco el espíritu. El restante, prácticamente se destina por completo a limpiar el ganado y echarle alimento y agua mientras dura su enclaustramiento en la cuadra. También es un buen momento para que las relaciones sociales, que se vieron afectadas a lo largo del verano, recuperen esa normalidad que nunca debió haberse perdido. Es uno de los problemas de residir en núcleos extremadamente pequeños y con contacto diario y cercano entre sus habitantes. Bien es cierto que, con el paso de los años y a medida que se han ido despoblando, las relaciones sociales han sufrido un deterioro creciente, directamente proporcional al despoblamiento padecido; los conflictos entre las personas han llegado a tal punto, que los antiguos y ya desaparecidos pobladores jamás lo hubieran imaginado y a buen seguro que, si por un momento pudieran verlo, se sentirían profundamente avergonzados.