19 enero 2009


El sábado estuve en mi valle y en mi pueblo a pesar de la mucha nieve que aún queda después de la última gran nevada. Este año ya ha habido varias, la primera allá por el mes de octubre. Ésta última ha recordado a los lugareños aquéllas, ya algo lejanas, de hace 50 años pero que aún están impresas en la retina de los más viejos.

Mi presencia se debió a una muerte. Fui a acompañar al hijo de la fallecida en su último adios. Otro que se ha integrado al grupo de los que ya estábamos en la fila delantera. Se queda en el pueblo solo, con la única compañía de otra vecina casi tan mayor como lo era su madre. En los entierros en los pueblos de mi valle, todo es viejo; viejos los muertos y viejos los que les acompañan en la última despedida. En esos casos el sentimiento de tristeza es doble.

Es lamentable, los pueblos se despueblan con el paso de los años. Sólo van quedando los más valientes o a quienes no les interesa ir a otro lugar con menos soledad. Porque hay soledad en los pueblos de mi valle. Antaño, tanto bullicio y tanto trasiego de personas y animales, y ahora con tanto silencio, roto tan sólo por algún que otro despistado perro.

A medida que se despueblan, muchos de los que quedan se han ido haciendo más egoístas y cada vez más alejados de las mínimas normas que la convivencia exige. Cuando producen algún daño material a una propiedad ajena, lo primero que se hace no es mirar el daño, sino mirar alrededor por si alguien lo ha visto y salir corriendo.

Es la tercera vez que nos rompen el canalón en la parte de detrás de la casa. En anteriores ocasiones alguno, en confidencia, te decía que había sido el ganado, “es que cuando pasan por aquí se arrascan y lu rompen”. Tú piensas, pues podríamos aprovechar, montar una rascadera y sacarle algún beneficio. Como decidimos no montar ninguna rascadera, el último arreglo se hizo a prueba de rascaduras del ganado, pensando, ya está se acabó el negocio y las roturas.

Pues no, no ha sido así. Lo han vuelto a romper. Según un testimonio de alguien que lo observó, la situación se produjo, más o menos, de la siguiente manera: “cumo a una vecina le cojió la nevá sin leña, tuvieron que traéselo deprisa y corriendo, de tal manera que dispués de cortar un jaya en el monte y cumo la traían arrastrando, al girala pa metela en el corral de la vecina, la jaya se regolvió y la trasera pegó contra el canalón con tan mala suerte que lu rompió”.

En fin, un accidente es tu primer pensamiento y así hubiera continuado siendo, si tanto la dueña de la leña como el que la transportaba cuando me vieron, después de lo acaecido, lo hubieran contado en lugar de hacer uso del silencio como pago al daño causado; por tanto lo adecuado en este caso, reclamar el arreglo.

A estos hechos y otros similares, los viejos del lugar lo llamaban sinvergüencería y maldá, y es que hay acumulada mucha sinvergüencería y maldá en algunos del lugar.

13 octubre 2008



Hace unos días se han posado, tenue y suavemente, las primeras nieves sobre las montañas. Aún no han llegado a alcanzar las casas del pueblo, es posible que lo consigan en el siguiente intento y para entonces el frío, ausente hasta ahora, a buen seguro que hará su aparición.
La llegada de las nieves representa sentimientos opuestos. Por un lado, cuando levantas los ojos y miras a lo lejos, la belleza que produce el contraste del blanco manto sobre el diferente colorido de la desnuda montaña a la vez que sobre las ya tostadas hojas de hayas y robles. Por otro, el que durante unos pocos meses que se hacen eternos, no es muy aconsejable dejarse caer el fin de semana por la zona. Cuando menos lo esperas, puedes amanecer con una buena capa de nieve sobre los campos. Ello supondría aislamiento, que aunque fuese momentáneo sería bienvenido si no se tuviera, como obligación primera, que regresar al quehacer diario del ganarse el pan con el sudor de la frente cada primer día de la semana. Y eso no admite discusión.
Para los que continúan viviendo en el Valle, este período, al igual que antaño, continúa siendo tedioso y monótono por las escasas obligaciones laborales que acompañan el momento. La mayor parte del tiempo se consume, sentado “al pie de la lumbre” para mantener caliente el cuerpo y también, porqué no, un poco el espíritu. El restante, prácticamente se destina por completo a limpiar el ganado y echarle alimento y agua mientras dura su enclaustramiento en la cuadra. También es un buen momento para que las relaciones sociales, que se vieron afectadas a lo largo del verano, recuperen esa normalidad que nunca debió haberse perdido. Es uno de los problemas de residir en núcleos extremadamente pequeños y con contacto diario y cercano entre sus habitantes. Bien es cierto que, con el paso de los años y a medida que se han ido despoblando, las relaciones sociales han sufrido un deterioro creciente, directamente proporcional al despoblamiento padecido; los conflictos entre las personas han llegado a tal punto, que los antiguos y ya desaparecidos pobladores jamás lo hubieran imaginado y a buen seguro que, si por un momento pudieran verlo, se sentirían profundamente avergonzados.

08 julio 2008


LA SIEGA


Con la llegada del buen tiempo veraniego, las gentes del pueblo entraban en un trajín desquiciado. Los adultos se levantaban casi sin salir el sol para aprovechar las horas frescas de la mañana.
Los hombres cogían su dalle, picado el día anterior, y con él al hombro se dirigían al prado después de haber tomado, en algunos casos, una buena parva, normalmente una copa de orujo con algunas galletas.
Era el mejor momento del día para llevar a cabo la tarea de la siega. Con la fresca y hasta que el sol comenzara a golpear con fuerza sus espaldas, el dalle iba y venía incansable de derecha a izquierda tumbando las hierbas con un ritmo acompasado y constante y dejándolas amontonadas formando el largo lombillu.
De cuando en cuando se detenían y colocaban el dalle vertical con el corte hacia abajo para dar pizarra; la mano se dirigía a la colodra que colgaba de la petrina, se sacaba de ella la pizarra y con movimientos suaves pero a la vez certeros sobre el filo del dalle, se llevaba a cabo el difícil arte del afilado.
Las mujeres por su parte, quedaban al cuidado de todas las tareas de la casa y de los animales, hasta que alrededor de las 10 llevaban a los segadores el almuerzo, consistente, la mayor parte de las ocasiones, en un plato de patatas guisadas acompañado de unos torrendos, chorizo o jamón y en el mejor de los casos un buen plato de jisuelos que se convertían en la delicia del almuerzo; todo ello regado con el vino de una buena bota o del porrón.
A partir de este momento la siega podía continuar el resto del día hasta que el prado quedase concluido o bien continuarlo al día siguiente.
El resto de los integrantes de la familia, solían extender los lombillos para que fuera secando la hierba, esgolvían la ya extendida para que secase por el otro lado o atropaban la que estuviera ya seca, amontonándola en voluminosos y picudos montones listos para, más adelante, ser llevada al pajar.
Ésta era la rutina diaria durante el período veraniego de siega y recogida, siempre que no hiciera acto de presencia la tan temida lluvia.

07 julio 2008





Una de las cosas más divertidas en que podías entretenerte durante el verano, estaba relacionado con llevar la hierba seca desde el prado hasta el pajar.
Para un niño, el proceso de juntarla en grandes montones para después cargarla en los carros, era pesado y aburrido.
Al carro, que era tirado por una pareja de vacas normalmente las más mansas y fuertes, se le añadían en verano unas estructuras hacia atrás y hacia delante que permitían ampliar su espacio de carga, algo así como dos veces más su capacidad normal. El suelo se prolongaba hacia atrás por medio de la rabona que aumentaba el doble la base de carga y hacia delante con los estaonchos que eran unas piezas de madera que iban desde la parte delantera del carro hasta cerca de la cabeza de las vacas, con lo que también se ampliaba el espacio de carga por los laterales.
Una vez amarrada la carga con largas sogas, comenzaba lo divertido. Los niños éramos izados hasta la parte alta, nos tumbábamos sobre la hierba y quedando tendidos hacia el cielo contemplábamos absortos las nubes, las ramas de los árboles, el vuelo de los pájaros o cualquier cosa que se cruzara por encima de nosotros. Era uno de los momentos estrella del día. El otro se presentaba durante la descarga en el pajar. Mientras los adultos iban echando la hierba del carro al pajar, los más pequeños nos encargábamos de ir pisando por aquellos lugares en que la iban depositando, de manera que quedase lo más prensada posible. Una vez terminada la descarga seguíamos correteando, dando saltos y volteretas hasta que sudorosos y con una buena capa del polvo sobre el cuerpo por la hierba seca, nos tendíamos exhaustos con brazos y piernas extendidas sobre ella, aprovisionándonos de la energía necesaria para la siguiente descarga.

09 junio 2008

“Polaciones buena tierra
pero nieva de continuo
y el que no mata lichón
tampoco come tocinu”




Para hacer cierto ese cantar, no quedaba más remedio que matar el lichón todos los años, allá por el mes de diciembre cuando las nieves cubrían ya, con grueso manto, toda la zona. La matanza no consistía simplemente en matar el lichón y ya estaba. Alrededor de la matanza se organizaba una importante y tradicional ceremonia que iba pasando de padres a hijos, conservándose aquél ritual tal y como se había hecho por parte de tantas y tantas generaciones anteriores.

Todo comenzaba el día anterior en el que las mujeres preparaban, dejando bien limpios, todos los utensilios que iban a utilizarse: calderos, cuchillos, grandes cucharas de madera, el banco donde se llevaría a cabo el sacrificio y así hasta mil y un detalles imprescindibles para que todo terminara como debiera, es decir, bien. También dejaban troceada una buena cantidad de pan, mejor duro, que serviría para echar sobre él la sangre que permitiera la elaboración de la morcilla y el boronu. Los hombres por su parte, afilaban los cuchillos, para cada faena se empleaba uno distinto de ancho y largo; preparaban los cordeles para atarlo...

Y llegaba el día importante; una fiesta sobre todo para los niños. Acarreábamos una excitación permanente desde que abríamos el ojo hasta el momento en que, ya muerto el lichón, se le cortaba el rabo formándose una gran la disputa para ver quién conseguía el ansiado trofeo y acercarse a la lumbre, tan rápido como lo permitieran las piernas, preparar una buena base de brasas y, una vez bien limpio, ponerlo a asar para después saborearlo como el mejor manjar que se nos pudiera ofrecer.

Quizá el momento más delicado era cuando lo pinchaban para sangrarlo. Esta labor no la llevaba a cabo cualquiera, había que ser hábil y certero. No podía suceder que la sangre entrase en las corás (los pulmones) porque las dejaría inservibles para el destino que tenían, elaborar una rica y fuerte morcilla, la morcilla podre, siempre presente en los buenos y apreciados cocidos. Normalmente había en los pueblos hombres y en determinados casos alguna mujer, muy codiciados por su arte en el buen sangrado. En nuestro caso solía hacerlo mi padre, aunque a veces invitaba a algún amigo de la familia ducho en la labor. La voz cantante en todo el proceso la llevaba la persona que hacía el sangrado, siendo respetadas por todos sus decisiones. Cuando era mi padre quien lo sangraba, yo me sentía muy orgulloso e importante, convirtiéndose para mí en un héroe tanto en ese como en sucesivos días, tal era la importancia del asunto.

El trajín que tenían todo el día los adultos era indescriptible; un constante ir y venir y hacer y más hacer, sin un momento de descanso casi ni para comer. Las mujeres por un lado con sus quehaceres y los hombres con los suyos, generalmente estaban bien delimitados y nadie interfería en los de los otros. Los niños una vez comido el rabo el interés casi desaparecía, de todo aquél ajetreo, hasta la llegada de la cena. La cena era otro de los momentos cumbres del día, el fin de fiesta más esperado por unos y por otros. Normalmente se comenzaba con un guisado de alubias, seguido de trozos de carne a la brasa y las correspondientes morcillas recién cocidas, terminando cómo no con el correspondiente arroz con leche. Se comía casi hasta reventar. En algunas ocasiones después de tal barbaridad de cena, había alguna apuesta por ver quién comía aún más cantidad de boronos. Cuentan que en una ocasión uno de los apostadores era mi abuelo que por ganar la apuesta los últimos trozos, después de haber comido un buen número de ellos, les metía en los bolsillos.

Toda la cena estaba regada con buen humor, risas y buena camaradería. El único que en aquellos casos no disfrutaba en absoluto, era el sacrificado lichón: que, sin saberlo, se convertiría en uno de los sustentos más importantes en la alimentación de las familias para el resto del año.

06 junio 2008


En el Valle, una de las palabras más utilizadas para llamar a las personas, sobre todo cuando eran ya algo mayores, era "Ti" para ellos y "Tía" para ellas. Esta costumbre tan arraigada, utilizada se tuviera o no parentesco con los aludidos, es posible que tuviera su origen en una manera afectuosa de dirigirse a determinadas personas; lo cierto es que no se utilizaba con todo mundo. Los así aludidos era como si pertenecieran a una casta especial, la casta de los Ti y las Tía.

El Ti Pedro era una persona muy peculiar, sobre todo con los niños. Siempre estaba de buen humor y haciéndonos chistes, mientras no le quitáramos la boina claro. Una de las costumbres que tenía, cuando algún niño le preguntaba cómo se llamaba su perro, él siempre contestaba: Como tú. Sorprendido y encantado el niño por tener un tocayo entre estos animales, preguntaba por ejemplo, ¿cómo, Luis? y el Ti Pedro le decía, no , no, se llama Como tú. Había veces, dependiendo lo despierto que fuera el niño, que le costaba llegar a entender que el nombre del perro no era ni Luis, ni Ramón, ni María, su nombre era Como tú y punto.

Había otros Ti y otras Tías, el Ti Mingo, el Ti Lucas, la Tía Encarnación.
El Ti Fidel tenía un burro, animal poco habitual en el lugar. Todo el día andaba de un sitio para otro, por aquellos caminos, subido en su burro. No sé si el burro tuvo nombre alguna vez, allí todo el mundo le conocía como el burro del Ti Fidel. Pobre, además de burro, sin nombre. Claro que a él supongo que poco le importaba, andaría más preocupado por si el Ti Fidel se le subia encima o le dejaba tranquilo.

También había alguna Tía, como la Tía Manuela, era también agradable y cariñosa para con los niños, solía pedir que le prestaras alguna ayuda; con las ovejas, ordeñar las cabras, tocar un campano cuando las abejas que tenía se alteraban..., y tú como niño hacías lo que te mandaba. De vez en cuando te obsequiaba con alguna avellana y, a veces, con alguna cotizada nuez, entonces bien valía la pena la ayuda que le habías prestado.
Había otras mujeres y hombres de la misma añada que los anteriores pero que no llegaron a tener el privilegio de pertenecer a aquella especial casta y la única manera de que a su nombre le precediera un Ti o una Tía, era teniendo sobrinos.

05 junio 2008


Mi pueblo, al estar enclavado en un Valle pequeño y apartado de núcleos urbanos importantes y de difícil acceso, planteaba muchas dificultades a sus habitantes. A veces esas mismas dificultades, para ser paliadas facilitaban la aparición de soluciones. Una de las muchas dificultades consistía en que ni había panadería ni llegaba hasta él ningún atrevido panadero, por lo que siendo el pan uno de los alimentos importantes de la dieta, la solución más lógica era hacérselo uno mismo.

En la casi totalidad de las casas había una hornera con su horno en la que se amasaba y cocía el pan cada 10 ó 15 días; podía estar junto a la cocina e incluso en el desván, pero en la mayor parte de los casos ocupaba un local al lado de la vivienda, de construcción similar a ésta a base de piedra, madera, ladrillo macizo..., con una puerta y ventana. No tenía chimenea y el abundante humo no tenía más remedio que salir con total libertad entre las tejas, ennegreciendo la estructura de madera que servía de soporte al tejado.

El personaje principal de cada amasada era “la torta”; pieza redonda, gorda y de miga prieta. Normalmente solían hacerse también una o dos “delgás”, de tamaño similar a la torta pero, como su nombre indicaba, era delgadita, no llegando a alcanzar el grueso de dos dedos. En ocasiones también se aprovechaba y se hacía un “tortu”. Esta era para los niños la pieza más preciada. Con forma de media luna en su interior escondía todo un exquisito manjar con trozos de jamón, tocino, chorizo y en algunas ocasiones especiales algún que otro de lomo curado.

En el de las fotos, rehabilitado por un artista plástico amigo de la familia en homenaje a la panadera, mi madre cocía el pan de casa. En él amasó y coció pan durante muchos años. Tuvo que comenzar a hacerlo desde muy niña, a partir del momento en que su madre falleció y ella quedó como la única mujer de la casa. Ésta era, como tantas otras, tarea exclusiva de las mujeres.

Ahora, después de tanto tiempo, aún sigo recordando el aroma inconfundible de aquél pan recién hecho.