Mi pueblo, al estar enclavado en un Valle pequeño y apartado de núcleos urbanos importantes y de difícil acceso, planteaba muchas dificultades a sus habitantes. A veces esas mismas dificultades, para ser paliadas facilitaban la aparición de soluciones. Una de las muchas dificultades consistía en que ni había panadería ni llegaba hasta él ningún atrevido panadero, por lo que siendo el pan uno de los alimentos importantes de la dieta, la solución más lógica era hacérselo uno mismo.
En la casi totalidad de las casas había una hornera con su horno en la que se amasaba y cocía el pan cada 10 ó 15 días; podía estar junto a la cocina e incluso en el desván, pero en la mayor parte de los casos ocupaba un local al lado de la vivienda, de construcción similar a ésta a base de piedra, madera, ladrillo macizo..., con una puerta y ventana. No tenía chimenea y el abundante humo no tenía más remedio que salir con total libertad entre las tejas, ennegreciendo la estructura de madera que servía de soporte al tejado.
El personaje principal de cada amasada era “la torta”; pieza redonda, gorda y de miga prieta. Normalmente solían hacerse también una o dos “delgás”, de tamaño similar a la torta pero, como su nombre indicaba, era delgadita, no llegando a alcanzar el grueso de dos dedos. En ocasiones también se aprovechaba y se hacía un “tortu”. Esta era para los niños la pieza más preciada. Con forma de media luna en su interior escondía todo un exquisito manjar con trozos de jamón, tocino, chorizo y en algunas ocasiones especiales algún que otro de lomo curado.
En el de las fotos, rehabilitado por un artista plástico amigo de la familia en homenaje a la panadera, mi madre cocía el pan de casa. En él amasó y coció pan durante muchos años. Tuvo que comenzar a hacerlo desde muy niña, a partir del momento en que su madre falleció y ella quedó como la única mujer de la casa. Ésta era, como tantas otras, tarea exclusiva de las mujeres.
Ahora, después de tanto tiempo, aún sigo recordando el aroma inconfundible de aquél pan recién hecho.
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