08 julio 2008


LA SIEGA


Con la llegada del buen tiempo veraniego, las gentes del pueblo entraban en un trajín desquiciado. Los adultos se levantaban casi sin salir el sol para aprovechar las horas frescas de la mañana.
Los hombres cogían su dalle, picado el día anterior, y con él al hombro se dirigían al prado después de haber tomado, en algunos casos, una buena parva, normalmente una copa de orujo con algunas galletas.
Era el mejor momento del día para llevar a cabo la tarea de la siega. Con la fresca y hasta que el sol comenzara a golpear con fuerza sus espaldas, el dalle iba y venía incansable de derecha a izquierda tumbando las hierbas con un ritmo acompasado y constante y dejándolas amontonadas formando el largo lombillu.
De cuando en cuando se detenían y colocaban el dalle vertical con el corte hacia abajo para dar pizarra; la mano se dirigía a la colodra que colgaba de la petrina, se sacaba de ella la pizarra y con movimientos suaves pero a la vez certeros sobre el filo del dalle, se llevaba a cabo el difícil arte del afilado.
Las mujeres por su parte, quedaban al cuidado de todas las tareas de la casa y de los animales, hasta que alrededor de las 10 llevaban a los segadores el almuerzo, consistente, la mayor parte de las ocasiones, en un plato de patatas guisadas acompañado de unos torrendos, chorizo o jamón y en el mejor de los casos un buen plato de jisuelos que se convertían en la delicia del almuerzo; todo ello regado con el vino de una buena bota o del porrón.
A partir de este momento la siega podía continuar el resto del día hasta que el prado quedase concluido o bien continuarlo al día siguiente.
El resto de los integrantes de la familia, solían extender los lombillos para que fuera secando la hierba, esgolvían la ya extendida para que secase por el otro lado o atropaban la que estuviera ya seca, amontonándola en voluminosos y picudos montones listos para, más adelante, ser llevada al pajar.
Ésta era la rutina diaria durante el período veraniego de siega y recogida, siempre que no hiciera acto de presencia la tan temida lluvia.

07 julio 2008





Una de las cosas más divertidas en que podías entretenerte durante el verano, estaba relacionado con llevar la hierba seca desde el prado hasta el pajar.
Para un niño, el proceso de juntarla en grandes montones para después cargarla en los carros, era pesado y aburrido.
Al carro, que era tirado por una pareja de vacas normalmente las más mansas y fuertes, se le añadían en verano unas estructuras hacia atrás y hacia delante que permitían ampliar su espacio de carga, algo así como dos veces más su capacidad normal. El suelo se prolongaba hacia atrás por medio de la rabona que aumentaba el doble la base de carga y hacia delante con los estaonchos que eran unas piezas de madera que iban desde la parte delantera del carro hasta cerca de la cabeza de las vacas, con lo que también se ampliaba el espacio de carga por los laterales.
Una vez amarrada la carga con largas sogas, comenzaba lo divertido. Los niños éramos izados hasta la parte alta, nos tumbábamos sobre la hierba y quedando tendidos hacia el cielo contemplábamos absortos las nubes, las ramas de los árboles, el vuelo de los pájaros o cualquier cosa que se cruzara por encima de nosotros. Era uno de los momentos estrella del día. El otro se presentaba durante la descarga en el pajar. Mientras los adultos iban echando la hierba del carro al pajar, los más pequeños nos encargábamos de ir pisando por aquellos lugares en que la iban depositando, de manera que quedase lo más prensada posible. Una vez terminada la descarga seguíamos correteando, dando saltos y volteretas hasta que sudorosos y con una buena capa del polvo sobre el cuerpo por la hierba seca, nos tendíamos exhaustos con brazos y piernas extendidas sobre ella, aprovisionándonos de la energía necesaria para la siguiente descarga.