09 junio 2008

“Polaciones buena tierra
pero nieva de continuo
y el que no mata lichón
tampoco come tocinu”




Para hacer cierto ese cantar, no quedaba más remedio que matar el lichón todos los años, allá por el mes de diciembre cuando las nieves cubrían ya, con grueso manto, toda la zona. La matanza no consistía simplemente en matar el lichón y ya estaba. Alrededor de la matanza se organizaba una importante y tradicional ceremonia que iba pasando de padres a hijos, conservándose aquél ritual tal y como se había hecho por parte de tantas y tantas generaciones anteriores.

Todo comenzaba el día anterior en el que las mujeres preparaban, dejando bien limpios, todos los utensilios que iban a utilizarse: calderos, cuchillos, grandes cucharas de madera, el banco donde se llevaría a cabo el sacrificio y así hasta mil y un detalles imprescindibles para que todo terminara como debiera, es decir, bien. También dejaban troceada una buena cantidad de pan, mejor duro, que serviría para echar sobre él la sangre que permitiera la elaboración de la morcilla y el boronu. Los hombres por su parte, afilaban los cuchillos, para cada faena se empleaba uno distinto de ancho y largo; preparaban los cordeles para atarlo...

Y llegaba el día importante; una fiesta sobre todo para los niños. Acarreábamos una excitación permanente desde que abríamos el ojo hasta el momento en que, ya muerto el lichón, se le cortaba el rabo formándose una gran la disputa para ver quién conseguía el ansiado trofeo y acercarse a la lumbre, tan rápido como lo permitieran las piernas, preparar una buena base de brasas y, una vez bien limpio, ponerlo a asar para después saborearlo como el mejor manjar que se nos pudiera ofrecer.

Quizá el momento más delicado era cuando lo pinchaban para sangrarlo. Esta labor no la llevaba a cabo cualquiera, había que ser hábil y certero. No podía suceder que la sangre entrase en las corás (los pulmones) porque las dejaría inservibles para el destino que tenían, elaborar una rica y fuerte morcilla, la morcilla podre, siempre presente en los buenos y apreciados cocidos. Normalmente había en los pueblos hombres y en determinados casos alguna mujer, muy codiciados por su arte en el buen sangrado. En nuestro caso solía hacerlo mi padre, aunque a veces invitaba a algún amigo de la familia ducho en la labor. La voz cantante en todo el proceso la llevaba la persona que hacía el sangrado, siendo respetadas por todos sus decisiones. Cuando era mi padre quien lo sangraba, yo me sentía muy orgulloso e importante, convirtiéndose para mí en un héroe tanto en ese como en sucesivos días, tal era la importancia del asunto.

El trajín que tenían todo el día los adultos era indescriptible; un constante ir y venir y hacer y más hacer, sin un momento de descanso casi ni para comer. Las mujeres por un lado con sus quehaceres y los hombres con los suyos, generalmente estaban bien delimitados y nadie interfería en los de los otros. Los niños una vez comido el rabo el interés casi desaparecía, de todo aquél ajetreo, hasta la llegada de la cena. La cena era otro de los momentos cumbres del día, el fin de fiesta más esperado por unos y por otros. Normalmente se comenzaba con un guisado de alubias, seguido de trozos de carne a la brasa y las correspondientes morcillas recién cocidas, terminando cómo no con el correspondiente arroz con leche. Se comía casi hasta reventar. En algunas ocasiones después de tal barbaridad de cena, había alguna apuesta por ver quién comía aún más cantidad de boronos. Cuentan que en una ocasión uno de los apostadores era mi abuelo que por ganar la apuesta los últimos trozos, después de haber comido un buen número de ellos, les metía en los bolsillos.

Toda la cena estaba regada con buen humor, risas y buena camaradería. El único que en aquellos casos no disfrutaba en absoluto, era el sacrificado lichón: que, sin saberlo, se convertiría en uno de los sustentos más importantes en la alimentación de las familias para el resto del año.

06 junio 2008


En el Valle, una de las palabras más utilizadas para llamar a las personas, sobre todo cuando eran ya algo mayores, era "Ti" para ellos y "Tía" para ellas. Esta costumbre tan arraigada, utilizada se tuviera o no parentesco con los aludidos, es posible que tuviera su origen en una manera afectuosa de dirigirse a determinadas personas; lo cierto es que no se utilizaba con todo mundo. Los así aludidos era como si pertenecieran a una casta especial, la casta de los Ti y las Tía.

El Ti Pedro era una persona muy peculiar, sobre todo con los niños. Siempre estaba de buen humor y haciéndonos chistes, mientras no le quitáramos la boina claro. Una de las costumbres que tenía, cuando algún niño le preguntaba cómo se llamaba su perro, él siempre contestaba: Como tú. Sorprendido y encantado el niño por tener un tocayo entre estos animales, preguntaba por ejemplo, ¿cómo, Luis? y el Ti Pedro le decía, no , no, se llama Como tú. Había veces, dependiendo lo despierto que fuera el niño, que le costaba llegar a entender que el nombre del perro no era ni Luis, ni Ramón, ni María, su nombre era Como tú y punto.

Había otros Ti y otras Tías, el Ti Mingo, el Ti Lucas, la Tía Encarnación.
El Ti Fidel tenía un burro, animal poco habitual en el lugar. Todo el día andaba de un sitio para otro, por aquellos caminos, subido en su burro. No sé si el burro tuvo nombre alguna vez, allí todo el mundo le conocía como el burro del Ti Fidel. Pobre, además de burro, sin nombre. Claro que a él supongo que poco le importaba, andaría más preocupado por si el Ti Fidel se le subia encima o le dejaba tranquilo.

También había alguna Tía, como la Tía Manuela, era también agradable y cariñosa para con los niños, solía pedir que le prestaras alguna ayuda; con las ovejas, ordeñar las cabras, tocar un campano cuando las abejas que tenía se alteraban..., y tú como niño hacías lo que te mandaba. De vez en cuando te obsequiaba con alguna avellana y, a veces, con alguna cotizada nuez, entonces bien valía la pena la ayuda que le habías prestado.
Había otras mujeres y hombres de la misma añada que los anteriores pero que no llegaron a tener el privilegio de pertenecer a aquella especial casta y la única manera de que a su nombre le precediera un Ti o una Tía, era teniendo sobrinos.

05 junio 2008


Mi pueblo, al estar enclavado en un Valle pequeño y apartado de núcleos urbanos importantes y de difícil acceso, planteaba muchas dificultades a sus habitantes. A veces esas mismas dificultades, para ser paliadas facilitaban la aparición de soluciones. Una de las muchas dificultades consistía en que ni había panadería ni llegaba hasta él ningún atrevido panadero, por lo que siendo el pan uno de los alimentos importantes de la dieta, la solución más lógica era hacérselo uno mismo.

En la casi totalidad de las casas había una hornera con su horno en la que se amasaba y cocía el pan cada 10 ó 15 días; podía estar junto a la cocina e incluso en el desván, pero en la mayor parte de los casos ocupaba un local al lado de la vivienda, de construcción similar a ésta a base de piedra, madera, ladrillo macizo..., con una puerta y ventana. No tenía chimenea y el abundante humo no tenía más remedio que salir con total libertad entre las tejas, ennegreciendo la estructura de madera que servía de soporte al tejado.

El personaje principal de cada amasada era “la torta”; pieza redonda, gorda y de miga prieta. Normalmente solían hacerse también una o dos “delgás”, de tamaño similar a la torta pero, como su nombre indicaba, era delgadita, no llegando a alcanzar el grueso de dos dedos. En ocasiones también se aprovechaba y se hacía un “tortu”. Esta era para los niños la pieza más preciada. Con forma de media luna en su interior escondía todo un exquisito manjar con trozos de jamón, tocino, chorizo y en algunas ocasiones especiales algún que otro de lomo curado.

En el de las fotos, rehabilitado por un artista plástico amigo de la familia en homenaje a la panadera, mi madre cocía el pan de casa. En él amasó y coció pan durante muchos años. Tuvo que comenzar a hacerlo desde muy niña, a partir del momento en que su madre falleció y ella quedó como la única mujer de la casa. Ésta era, como tantas otras, tarea exclusiva de las mujeres.

Ahora, después de tanto tiempo, aún sigo recordando el aroma inconfundible de aquél pan recién hecho.

01 junio 2008

Algún recuerdo.


De niño, mi vida transcurrió unos pocos de años en el mismo lugar en que nací hasta que nos desplazamos a la ciudad. Las imágenes que por mis ojos
pasaban en aquellos momentos no diferían de las que se pueden contemplar ahora. Allí casi todo sigue igual, al contrario de los cambios tan exagerados que se han ido produciendo en otros lugares. Recuerdo que mis inocentes ojos de niño escrutaban el horizonte, desconocido, interrogante y a la vez enigmático. Mi vida se limitaba al pueblo y alrededores. Allá al fondo, donde las montañas y las nubes se juntaban, parecía como si la tierra terminara y se abriera un abismo por el que se despeñaría cualquier arriesgado que osara asomarse y dar un fatídico y último paso; a buen seguro que acabaría en los infiernos. Supongo que el pensamiento estaría acorde con las enseñanzas que desde el púlpito de la iglesia se nos transmitía: el miedo al fuego infernal.


Recuerdo el ganado. Teníamos una joven vaca que embestía y, como la tenía mucho miedo, cada vez que la veía aparecer salía corriendo como si me persiguiera la peor de las fieras. También las labores del campo que llevaban a cabo mis padres y que hacía que en los meses de verano el trabajo en los prados, segando y recogiendo la hierba que serviría para mantener alimentado el ganado en los duros y largos meses invernales, suponía un importante ajetreo por parte de todos los vecinos del pueblo en contraste con la tranquilidad del invierno que durante largas temporadas todo era quietud, motivado, sobre todo, por la blanca y gruesa capa de nieve que cubría montes, tejados y caminos que impedía llevar a cabo cualquier tipo de actividad. Había temporadas en que era tal la altura que alcanzaba la nieve que no quedaba más remedio que salir de las casas por los balcones porque las puertas quedaban sepultadas. En aquellos casos se abrían sendas, con palas de mano, que permitía una mínima movilidad de los vecinos entre las distintas casas. Durante estos períodos, el trabajo de los adultos se limitaba prácticamente a alimentar el ganado que permanecía en las cuadras hasta que la nieve comenzara a retirarse, permitiendo entonces que pastaran en el exterior.
Otro de los pocos recuerdos que me quedan de aquellos tiempos, era la llegada de los Reyes Magos el día 6 de enero de cada año. No eran tiempos de bonanzas por lo que los medios económicos de que disponían las familias se dedicaban, casi por entero, a satisfacer las necesidades primarias, el resto quedaba en el olvido. Por eso, por esa falta de medios y también por la ausencia de lugares donde comprar algún sencillo juguete, mis reyes, al igual que supongo del resto de los demás niños, se limitaban sobre todo a unas onzas de rico y preciado chocolate y aunque sabías lo que te ibas a encontrar dentro de la zapatilla, no por ello la sonrisa dejaba de estar presente en nuestra cara ni la sorpresa en el gesto cuando descubrías el sabroso contenido del envoltorio.

mi tierra


Cantabria es la tierra donde nací y en donde sigo viviendo.

Región pequeña pero de fuertes contrastes. En muy pocos kilómetros puedes pasar del mar a la montaña o del valle más hundido a las más altas cimas. Multitud de colores se mueven a su antojo por doquier, azules, verdes, marrones, tostados, grises y un interminable sinfín de ellos se entremezclan, como los que puedes encontrar en la paleta de un pintor.

El norte está recorrido de lado a lado por el Cantábrico, fiero mar. Cuando los fríos vientos le azotan, se enfada, golpeando la costa con multitud de fuertes brazos, constante, machaconamente una y otra vez hasta que, agotado, acaba por serenarse y luego te permite contemplarle en todo su esplendor.

Desde el interior, con dirección sur a norte se alternan multitud de valles y montes. Entre ellos serpentean caudalosos ríos que llevan sus aguas desde las nevadas montañas hasta el mar. De todos ellos, el más importante es el Ebro, que nace en Fontibre en la Sierra de Peña Labra y vierte sus aguas al Mediterráneo.

El oeste está recorrido por Los Picos de Europa. Cuando regresaban los barcos de América cargados de tesoros y tras largas y duras travesías, los marineros lo primero que se divisaban del continente era ese espectáculo de rocas inmensas elevándose hacia el cielo. Y entre los picos más altos, pueblos encumbrados, pequeños, armados piedra sobre piedra y encimentados en la tierra. Antes bulliciosos, ahora serenos y casi solitarios; pero nunca tristes. Se sienten contentos cuando nuevos pies recorren sus caminos y nuevos ojos sus bellos parajes. Te invito a que lo hagas; que acompañes a quienes tantas veces los han recorrido...