
El sábado estuve en mi valle y en mi pueblo a pesar de la mucha nieve que aún queda después de la última gran nevada. Este año ya ha habido varias, la primera allá por el mes de octubre. Ésta última ha recordado a los lugareños aquéllas, ya algo lejanas, de hace 50 años pero que aún están impresas en la retina de los más viejos.
Mi presencia se debió a una muerte. Fui a acompañar al hijo de la fallecida en su último adios. Otro que se ha integrado al grupo de los que ya estábamos en la fila delantera. Se queda en el pueblo solo, con la única compañía de otra vecina casi tan mayor como lo era su madre. En los entierros en los pueblos de mi valle, todo es viejo; viejos los muertos y viejos los que les acompañan en la última despedida. En esos casos el sentimiento de tristeza es doble.
Es lamentable, los pueblos se despueblan con el paso de los años. Sólo van quedando los más valientes o a quienes no les interesa ir a otro lugar con menos soledad. Porque hay soledad en los pueblos de mi valle. Antaño, tanto bullicio y tanto trasiego de personas y animales, y ahora con tanto silencio, roto tan sólo por algún que otro despistado perro.
A medida que se despueblan, muchos de los que quedan se han ido haciendo más egoístas y cada vez más alejados de las mínimas normas que la convivencia exige. Cuando producen algún daño material a una propiedad ajena, lo primero que se hace no es mirar el daño, sino mirar alrededor por si alguien lo ha visto y salir corriendo.
Es la tercera vez que nos rompen el canalón en la parte de detrás de la casa. En anteriores ocasiones alguno, en confidencia, te decía que había sido el ganado, “es que cuando pasan por aquí se arrascan y lu rompen”. Tú piensas, pues podríamos aprovechar, montar una rascadera y sacarle algún beneficio. Como decidimos no montar ninguna rascadera, el último arreglo se hizo a prueba de rascaduras del ganado, pensando, ya está se acabó el negocio y las roturas.
Pues no, no ha sido así. Lo han vuelto a romper. Según un testimonio de alguien que lo observó, la situación se produjo, más o menos, de la siguiente manera: “cumo a una vecina le cojió la nevá sin leña, tuvieron que traéselo deprisa y corriendo, de tal manera que dispués de cortar un jaya en el monte y cumo la traían arrastrando, al girala pa metela en el corral de la vecina, la jaya se regolvió y la trasera pegó contra el canalón con tan mala suerte que lu rompió”.
En fin, un accidente es tu primer pensamiento y así hubiera continuado siendo, si tanto la dueña de la leña como el que la transportaba cuando me vieron, después de lo acaecido, lo hubieran contado en lugar de hacer uso del silencio como pago al daño causado; por tanto lo adecuado en este caso, reclamar el arreglo.
A estos hechos y otros similares, los viejos del lugar lo llamaban sinvergüencería y maldá, y es que hay acumulada mucha sinvergüencería y maldá en algunos del lugar.
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